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Las fotonovelas: sangre, sudor y tinta
Un viaje al pasado para recordar un género de la literatura popular que aportó grandes momentos a sus seguidores.
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Los defensores de la alta cultura se lamentan a voz en grito: “¡En México no se lee!”. Tienen pruebas contundentes para desgarrarse las vestiduras: según la Encuesta Nacional de Lectura 2006, el mexicano promedio lee 2.9 libros al año. Sin embargo, ese mismo “mexicano promedio” suele tener la nariz metida en un cómic color sepia que lo transporta por módicos seis pesos semanales al Lejano Oeste. Ahí, los héroes son siempre musculosos galanes de probada valentía y las mujeres siempre son… Vamos, da lo mismo, porque hasta las villanas son magníficamente voluptuosas.
Desde luego estoy hablando de El Libro Vaquero, esa despreciada publicación cuyo tiraje anual es de ¡41.6 millones de ejemplares! ¿Y qué me dicen de Sensacional de Traileros o de Frontera Violenta…? En fin: parece ser que la “subliteratura” también tiene lo suyo. Por eso vale la pena echarle un vistazo a otro género “inferior”, primo cercano del cómic: un género que –a pesar de encontrarse hoy tan extinto como los dinosaurios– infectó irremediablemente a todos los demás medios de comunicación masiva. Me refiero nada más y nada menos que a la fotonovela. Entremos a la máquina del tiempo para recordarla.
¿Qué es una fotonovela?
Las fotonovelas están formadas por fotografías que van contando una historia. También reciben el nombre de “cine-novelas”, y no es casualidad, pues cada foto, con el primer plano dominante, parece el fotograma de una película… aunque ésta jamás haya sido filmada.
El caso es que la creación de una fotonovela involucra a actores, maquillistas, guionistas, vestuaristas, escenógrafos y fotógrafos. Hay estrellas de cine que empezaron su carrera entre las páginas de las fotonovelas, como (ni más ni menos) Sofía Loren y Gina Lollobrigida.
De modo que, si tomamos en cuenta sus contenidos, podemos dividir la fotonovela en dos grandes vertientes: la rosa y la negra.
“Corazón, puro corazón”
La fotonovela rosa es básicamente melodrama romántico. La primera fotonovela de la historia pertenecía a esta vertiente. Se llamaba “Almas Encadenadas”y fue publicada en la revista italiana Grand Hotel en 1946. La revista tuvo tal éxito que lanzó toda una industria. Pronto surgieron más publicaciones de este tipo que vendían millones de ejemplares al año, como Bolero Film. Hasta Federico Fellini parodió el género en su famosa película El Sheik Blanco (1952).
¡Sádicos asesinatos! ¡Mujeres vulnerables!
El fotoromanzo (como era conocido en Italia) hacía suspirar a las amas de casa, pero, ¿cómo atraer a los lectores masculinos? No había que ser doctor en psicología para encontrar la respuesta: ¡vamos a darles violencia, sexo y más violencia!
El ancestro literario de las fotonovelas negras es sin duda Fantômas, el genio criminal creado por los franceses Marcel Allain y Pierre Souvestre. Fantômas llegó al mundo a través del folletín (novela por entregas). La primera novela salió en 1911. Este archivillano, quizá el héroe más conocido de la “literatura chatarra” europea, tenía extravagancias como usar guantes hechos con la piel de un cadáver para imprimir las huellas digitales del muerto en la escena del crimen.
Sin embargo, Fantômas es un párvulo inocente al lado del primer engendro de la fotonovela negra: Diabolik. Este personaje fue creado en Italia en 1962 por las hermanas Angela y Giuliana Giussani. Al igual que Fantômas, Diabolik vestía siempre de negro, trabajaba al lado de su bella amante, Eva Kant, y era incesantemente perseguido por un obstinado policía llamado Inspector Ginko. Sin embargo, a diferencia del antihéroe francés, Diabolik se especializaba en atacar a otros criminales y aplicaba la violencia en forma mucho más explícita que su antecesor. Diabolik fue un éxito instantáneo que inspiró la creación de múltiples imitadores como Kriminal, Demonik, Sadik o Zakimort. (¡No tengo ni idea a qué se deba la preferencia por la letra K!).
La fotonovela en México
El máximo exponente de la fotonovela mexicana fue la revista Santo, El Enmascarado de Plata, creada en 1952 por el editor y dibujante José Guadalupe Cruz. La publicación combinaba fotos del ídolo con fondos dibujados, dando como resultado unas historias tan kitsch, divertidas y desaforadas como las de sus películas. El mismísimo héroe del cuadrilátero posó durante las sesiones fotográficas luchando contra mujeres vampiro, extraterrestres y monstruos pantaneros. La fotonovela fue todo un éxito: en su mejor momento se llegaron a imprimir ¡900 mil ejemplares a la semana!
La fotonovela rosa hoy en día ha dejado de existir como tal, pero en América Latina nos sobran productos culturales que son sus dignos herederos. (Si usted quiere culpar a los italianos, adelante). Basta con encender cualquier telenovela, comprar la historieta mexicana El Libro Semanal o leer una novela de Corín Tellado para encontrar la fórmula mágica de pasión desencadenada + romance + erotismo + tragedia + moralina disfrazada.
¿Dosis? La que el médico (o, en este caso, la rutina de su vida cotidiana) le indique.
¿Por qué murió la fotonovela?
El género sobrevivió a la censura, pero no pudo con la competencia. Conforme las costumbres se relajaron, el erotismo y la violencia empezaron a aparecer con mayor libertad en otros medios como el cine y la televisión; las telenovelas se atrevieron a romper más tabúes y la pornografía se legalizó... los placeres “prohibidos” que antes sólo podían encontrarse entre las páginas de una fotonovela empezaron a aparecer por todas partes.











